(Física política)

lights off

Se instaló el silencio.

—Acabaremos pronto porque ya sabéis que no puedo resistir sin fumar.

Risas.

Y como si las risas hubieran sido mal recibidas por los dioses de la energía eléctrica, se fue la luz y un cubo de oscuridad se instaló en el salón sólido, incontestable.

—Estos de Comisiones Obreras siempre de huelga —comentó Garrido, pero los micrófonos no multiplicaron su socarronería.

Quiso decirlo en voz más alta, pero no pudo. Un dolor de hielo le traspasó el chaleco de lana inglesa y le vació la vida sin poder hacer nada para aguantársela con las manos.

(Manuel Vázquez Montalbán)

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(Orfandad)

Don Quijote 2

Cuando Dios abandonaba lentamente el lugar desde donde había dirigido el universo y su orden de valores, separado el bien del mal y dado un sentido a cada cosa, Don Quijote salió de su casa y ya no estuvo en condiciones de reconocer el mundo.

(Milan Kundera)

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(Dostoievski)

D

Se dice que el maestro ruso se había planteado el reto de escribir una novela cuyo protagonista fuera un hombre bueno, moralmente irreprochable. Después de mucho pensar, tras darle muchas vueltas a la posible historia, escribió El idiota.

(Rubén Abella)

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(La otra versión)

Boca de lobo

—¿Qué eres? —me dijo la niña—. ¡En mi vida había visto nada tan hermoso como tú! ¿Acaso eres un ángel?

Iba a responder cuando ella, al acercarse, tropezó con las zapatillas de la abuela. Cayó en mi boca y, antes de que pudiese hacer nada, desapareció en mi estómago.

¡Qué desesperación! ¡Qué remordimiento! Apenas había encontrado mi alma gemela y ya la había perdido… Salí de la casa para aullar mi dolor a la luna.

(Fabián Negrín)

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(Descuido)

Neón 2

Eximio, imitado y respetado en su arte, Tony no fue tal vez el primer tragasables en tragar un tubo de neón y encenderlo para mostrarse iluminado por dentro. Pero fue el primero en hacerlo estallar involuntariamente con una entusiasta reverencia.

(Ana María Shua)

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(Memoria)

old manAtravesamos la calle y me encuentro a solas con EP por primera vez. No sabe quién soy ni qué hago a su lado, aunque parece intuir que estoy ahí por alguna buena razón. Está atrapado en la mayor de las pesadillas existenciales, ciego a la realidad en la que vive. Me surge el impulso de ayudarlo a escapar, al menos por un segundo. Quiero tomarlo del brazo y sacudirlo. Quiero decirle: “Tiene un raro y debilitante trastorno de la memoria. Se ha perdido de los últimos 50 años”. En menos de un minuto, olvidará que esta conversación tuvo lugar alguna vez. Imagino el horror puro que sentiría, la claridad momentánea, el enorme vacío que se abriría frente a él, para luego cerrarse con la misma celeridad. Y entonces el paso de un auto o el canto de un ave que lo devolvería de inmediato a su burbuja donde todo lo que le rodea le es ajeno.

Damos la vuelta y caminamos de regreso por la calle cuyo nombre ha olvidado, pasamos cerca de vecinos que nos saludan con la mano, a quienes no reconoce, rumbo a un hogar que no conoce. Frente a la casa hay un automóvil estacionado, tiene los vidrios polarizados. Volteamos para mirar nuestro reflejo. Le pregunto a EP qué ve.

—A un viejo —responde—. Eso es todo.

(National Geographic Magazine, noviembre de 2007)

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(El especialista)

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Mientras me daban las informaciones necesarias, tomé mi Glock, que estaba en la mesa de noche, y admiré su terrible simetría.

(Rubem Fonseca)

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(La última Coca-Cola)

Coca

A las afueras de la ciudad llegaron a un supermercado. Varios coches viejos en un aparcamiento sembrado de desperdicios. Dejaron allí el carrito y recorrieron los sucios pasillos. En la sección de alimentación encontraron en el fondo de los cajones unas cuantas judías verdes y lo que parecían haber sido albaricoques, convertidos desde hacía tiempo en arrugadas efigies de sí mismos. El chico le seguía. Salieron por la puerta de atrás de la tienda. En el callejón unos cuantos carritos, todos muy oxidados. Volvieron a pasar por la tienda buscando otro carrito pero no había ninguno más. Junto a la puerta había dos máquinas de refrescos que alguien había volcado y abierto con una palanca. Monedas esparcidas por la ceniza del suelo. Se sentó y paseó la mano por las tripas de las máquinas y en la segunda palpó un cilindro frío de metal. Retiró lentamente la mano y vio que era una Coca-Cola.

¿Qué es, papá?

Una chuchería, para ti.

¿Qué es?

Ven. Siéntate.

Aflojó las correas de la mochila del chico y dejó la mochila en el suelo detrás de él y metió la uña del pulgar bajo el gancho de aluminio en la parte superior de la lata y la abrió. Acercó la nariz al discreto burbujero que salía de la lata y luego se la pasó al chico. Toma, dijo.

El chico cogió la lata. Tiene burbujas, dijo.

Bebe.

El chico miró a su padre y luego inclinó la lata para beber. Se quedó allí sentado pensando en ello. Está muy rico, dijo.

Así es.

Toma un poco, papá.

Quiero que te la bebas tú.

Solo un poco.

Cogió la lata y dio un sorbo y se la devolvió. Bebe tú, dijo. Quedémonos aquí sentados un rato.

Es porque nunca más volveré a beber otra, ¿verdad?

Nunca más es mucho tiempo.

Vale, dijo el chico.

(Cormac McCarthy)

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(Expiación)

installationApretó la mano de la mujer, en la suya, y ella le devolvió el apretón. Habría querido volverse para mirarla, pero lo que hizo luego fue soltar su mano y darse la vuelta sobre un costado, dándole la espalda. Le pareció que eso era lo que ella estaba esperando de él. Algo así como un gesto que la liberara de pensar, y que en cierto modo le regalara cierta soledad en la que decidir el último movimiento. Sintió que el sueño estaba a punto de llevárselo consigo. Todavía se le pasó por la cabeza que le disgustaba estar desnudo, porque lo encontrarían de esa manera, y todos lo mirarían. Pero no se atrevió a decírselo a la mujer. Así que giró ligeramente la cabeza, no lo bastante como para poder verla, y dijo:

—Me gustaría que supiera usted que mi nombre es Pedro Cantos.

La mujer lo repitió lentamente.

—Pedro Cantos.

El hombre dijo:

—Sí.

Luego volvió a recostar la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.

(Alessandro Baricco)

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(Honor a Poe)

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—¿No siente usted como si esto hubiera sucedido antes? —preguntó Stendahl, y comenzó a trabajar con la paleta, un mortero y unos ladrillos.

—¿Qué hace?

—Estoy amurallándolo. Ya hay una hilera. Ahora va otra.

—¡Usted está loco!

—No lo discuto.

Stendahl mojó un ladrillo en el mortero, cantando entre dientes. Ahora había golpes y gritos y llantos en la celda cada vez más oscura. La pared crecía lentamente.

 —Un poco más de ruido, por favor —dijo Stendahl—. Representemos bien la escena.

—¡Déjeme salir! ¡Déjeme salir!

Solo faltaba un ladrillo. Los gritos eran ahora continuos.

—¿Garret? —llamó Stendahl en voz baja. Garret calló—. ¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlos leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garret.

Garret no replicó.

—Quiero que esto sea perfecto —dijo Stendahl levantando la linterna para que la luz cayera sobre la encogida figura de Garret—. Agite suavemente los cascabeles. —Los cascabeles tintinearon—. Ahora diga usted: “¡Por amor de Dios, Montresor!”; es posible que lo deje salir.

La luz de la linterna alumbró la cara de Garret. Garret titubeó y luego dijo grotescamente:

—Por amor de Dios, Montresor.

—Ah —exclamó Stendahl con los ojos cerrados. Colocó el último ladrillo y lo aseguró con una capa de cemento—. Requiescat in pace, querido amigo.

Salió de prisa de la catacumba.

(Ray Bradbury)

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